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Pensé mucho si debía escribir esto, y después de tanto dudarlo, por fin me decidí. No pretendo desahogarme, sólo me gustaría que por un momento vieras las cosas desde mi perspectiva, pero para que eso pase es necesario que yo también me ponga en tu situación.

Entiendo que para ti fue difícil recibir en la iglesia todo lo contrario a lo que esperabas. Buscaste apoyo y encontraste juicio, quisiste descanso y enfrentaste dedos acusadores, deseaste tener amigos verdaderos y chocaste con decepciones. No es lo que uno espera del lugar en el que se encuentra el amor de Dios, pero pasa, porque los que formamos parte de ella somos humanos y por naturaleza tendemos más al error que a dar en el blanco.

Por eso tener una relación con Dios es importante, solo con él podemos superar las decepciones y seguir adelante: ambos lo sabemos, de hecho tú me lo enseñaste. Gracias a ti también aprendí a despertarme temprano cada domingo para ir a la iglesia y ahora lo hago sin que me lo digas, pero lastimosamente me despido de ti al salir y te veo cuando llego. Ir a la iglesia y después a almorzar en cualquier restaurante es el plan familiar perfecto, pero ya no lo hacemos y extraño eso.

Me gustaría decir que mi casa y yo servimos a Dios, desearía que fueras tú quien me inspire a leer la Biblia, quisiera que me guiaras a orar para tomar decisiones y a mirar al cielo cada vez que tengo un problema. Ahora no estoy seguro de que tú lo hagas, pero te agradezco por habérmelo enseñado, porque al crecer fue eso lo que, en medio de mi intento por dejar de ser cristiano y ser «normal», como todos los demás, me mantuvo cerca de Dios.

Me pregunto si has intentado perdonar a aquellos que llamabas «hermanos» por no haber actuado como esperabas y me atrevo a responderme que lo hiciste… ¿Entonces por qué no regresar? Finalmente la iglesia es la Casa de Dios. Es cierto que no todo será color de rosa, es posible que en los momentos difíciles te sientas solo, pero incluso en la soledad sé que recibirás el alimento que Dios te quiere dar en ese lugar, y su promesa de que florecerán los que están plantados en su casa, será una realidad para ti.

Quizás en este momento estés pensando: «Para mí es suficiente con escuchar  predicaciones por radio, televisión o internet». Eso me parece bien, pero me recuerda la vez en la que caminamos por un parque y me mostraste el árbol más antiguo de todos. Mi mirada se elevaba hacia su copa, buscando el fin de su inmensidad, pero tus ojos estaban fijos en el suelo y entonces dijiste: «Un árbol crece y perdura solamente si sus raíces están firmes. Así recibirá alimento y no lo derrumbarán los fuertes vientos». 

Tengo una propuesta para ti. ¿Qué tal si piensas en lo bueno que recibiste en la iglesia? A veces nos concentramos en lo malo porque duele y lastima, pero podríamos decidir darle más valor a lo bueno y entender que la iglesia perfecta no existe. ¿Y si regresas para marcar la diferencia, dar amor a quienes no lo merecen, se equivocan y son señalados? 

En fin... tengo todas esas dudas y una decena de cartas que meter en tu buzón, pero también quiero darte muchas gracias por lo que me enseñaste. Sólo me resta escribir una pregunta retórica que, considero, es lo más importante de esta carta: ¿Quién soy yo para juzgarte? Voy a amarte a pesar de tus cambios y decisiones, respetar tus elecciones aunque no esté de acuerdo. Pero, sobre todo, espero que veas en mí lo que Dios hace cuando un hijo suyo prefiere pasar un día en su casa que mil fuera de ella.

Entiendo que te moleste que pase tanto tiempo en la iglesia, y aunque creo que entenderías porqué lo hago si compartiéramos esta misma pasión, estoy dispuesto a ceder, a dejar algunas cosas allí por disfrutar más tiempo contigo. 

No quiero exigirte más de lo que puedes dar. Haces mucho por mí y estoy agradecido con Dios por tenerte. Pero, como tu hijo, me gustaría confesarte una cosa más: Lo mejor que puedes hacer por mí es mostrar amor por ti mismo, que le des prioridad a tu relación con Dios y te alimentes espiritualmente. Estoy creciendo y con el paso del tiempo ya no sólo te veo como papá, sino como el ser humano con necesidades, logros, aciertos y fracasos, que eres, que somos. 

En mi camino hacia la adultez sé que es imposible disfrutar la vida sin contar con la misericordia de Dios para perdonar los errores de los demás y los propios. Deseo que seas feliz y descanso al saber que Dios será fiel en terminar la obra que comenzó en ti, no lo digo yo, lo dice la Palabra en la que me enseñaste a confiar por encima de cualquier cosa que vieran mis ojos. 

No puedo despedirme sin antes decir que te amo, sin importar tus elecciones ni tu forma de ver o enfrentar los problemas. Simplemente te amo.