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«Ver para creer», dice un dicho popular que describe el poder que le hemos dado a nuestros ojos de separar lo verdadero de lo falso. Rara vez nos preguntamos si este sentido es en realidad 100% confiable.

Vivimos en la era de lo visual, las redes sociales nos muestran «realidades» que son deseables para cualquier persona. El viaje soñado, el cuerpo ideal, una casa grandiosa o el matrimonio perfecto, se ven retratados a través de un lente que cuenta la historia desde el punto de vista de un narrador que sólo muestra lo que quiere mostrar.

¿Qué ocurre si nuestro perfil de Instagram no refleja un estilo de vida digno de envidiar? 

No está mal contar nuestras experiencias felices a través de fotos, el problema es cuando, como espectadores, nos sentimos infelices por no tener la vida que otros exhiben a través de sus perfiles en la web. 

Así es como nuestros ojos, en lugar de mostrarnos el camino que debemos seguir, nos distraen de perseguir lo que Dios nos ha llamado a hacer, nos desenfocan hasta que olvidamos de que desde niños Él mismo nos habló, puso un deseo en nuestro corazón y nos dio una vida para lograrlo. 

«Porque todo lo que hay en el mundo, es decir, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo» (1 Juan 2:16). De este pasaje podemos concluir que codiciar lo que los demás tienen es una de las peores formas de miopía. 

La medicina describe este problema ocular como la visión borrosa o poco clara de los objetos lejanos. Esto es lo que ocurre cuando nuestra visión se alimenta de la comparación. Creemos que Dios no tiene un buen futuro para nosotros y nos invade el afán por alcanzar lo que anhelamos, en nuestras fuerzas. 

Dios tiene un proceso y un tiempo para todas las cosas en la vida de cada persona, mientras unos disfrutan tiempos de abundancia prolongada, otros deben aceptar el maná diario, pero tanto lo uno como lo otro proviene de la mano de Dios. 

Sin embargo, como cualquier hijo, preferimos el amor demostrado en besos y regalos pero pocas veces valoramos el amor que llega a través de la disciplina y las lecciones que dejan las dificultades. Para llegar a la cima todos debemos haber pasado por el valle, nadie puede evitar este recorrido aunque no lo retrate ni presente con alegría en sus fotografías. 

Nuestros ojos son tan importantes que la Biblia los llama «la lámpara del cuerpo». Y agrega: «Cuando tu ojo es bueno, todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es malo, todo tu cuerpo está lleno de oscuridad. Y si la luz que crees tener en realidad es oscuridad, ¡qué densa es esa oscuridad!» (Mateo 6:22,23). 

Nuestros ojos son malos cuando en ellos hay codicia e intenciones egoístas. Así es como nuestro ser se llena de tinieblas y somos engañados. 

Ante esto sólo hay una solución, cerrar los ojos. Sólo se ven cosas mejores que el mundo y sus maravillas cuando estamos en oración, delante del que creó todo lo existente y de quien además somos el reflejo. Nuestros deseos y ambiciones personales sólo son derrocados y reemplazados por una visión mayor cuando nos encontramos con Dios. 

Cuando sientas que tus ojos te engañan, cierra los ojos y ora. Las mejores cosas para ver están en el lugar donde te encuentras con Él.