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Hace ocho años me diagnosticaron depresión. No lo podía creer porque eso no iba con mi temperamento alegre, así que intenté todo para curarme: Agüitas, baños de relajación, yoga... todo, pero nada dio resultado. Un día una amiga me dijo: «Conozco a alguien que te puede sanar». El domingo me llevó a su iglesia, invité a Jesús a mi vida y sentí algo que nunca había experimentado, una presencia que me invadió, me cambió de adentro hacia afuera y lo ha seguido haciendo desde entonces. Sin embargo, los síntomas de mi depresión no han desaparecido.

Mi ánimo y actitud han mejorado, pero las sustancias químicas de mi cerebro no se equilibran a menos que tome medicinas; Éstas me causan mareos, malestar y somnolencia. No es fácil, pero más difícil aún es cuando la gente me pregunta porqué sigo creyendo en Dios si «no me ha sanado». 

En un principio yo también me lo pregunté y hasta me di cuenta de que deseaba mi sanidad más que nada o, más bien, más que a Él. No fue un pensamiento consciente, simplemente descubrí que ese diagnóstico médico se había vuelto el centro en mi vida. Iba a la iglesia, oraba y clamaba a Dios no con la intención de conocerlo, sino de recibir un milagro. 

Esto trajo más culpa a mi vida y fue peor que la enfermedad: Se expandió más rápido que un cáncer, me dejó con menos ganas de salir de la cama que la depresión y fue más invasiva que una infección.

Marcos 2:3 narra que cuatro hombres de extraordinaria fe llevaron a un paralítico delante de Jesús. La necesidad de este hombre era evidente. Todos veían a un hombre postrado, incapaz de valerse por sí mismo. Pero Jesús se ocupó primero de su condición espiritual. Antes de sanarlo «Jesús le dijo al paralítico: “Hijo mío, tus pecados son perdonados”». 

Fui tras Jesús buscando sanidad, sigo creyendo que Él lo hará, pero encontré que sus prioridades son diferentes a las mías. Me identifico con ese paralítico y sus amigos, que creían que Jesús era otra de tantas alternativas que quizá lo ayudarían a ser una persona plena cuando se librara de la enfermedad. Pero al encontrarme con Él entendí que antes de sanarme quería satisfacer una necesidad más profunda y urgente, mi salvación. 

El texto bíblico continúa diciendo que, ante la mirada acusadora de los todos, Jesús probó que Dios salva pero también sana. «“(...) Así que les demostraré que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados”. Entonces Jesús miró al paralítico y dijo: “¡Ponte de pie, toma tu camilla y vete a tu casa!”».

Sé que Dios no desea la enfermedad para mí, pero usó esa circunstancia para acercarme a Él así que opté por permanecer a su lado así el milagro no ocurra de la manera en que yo espero. Sé que no es la elección más lógica, pero la fe es más locura que razón. 

Por eso cuando me preguntan porqué sigo creyendo en Él si «no me ha sanado completamente», respondo que me basta con tener la certeza de que no moriré y de que al perdonarme cada día, Él me sana y me sostiene. 

A todos aquellos que pasan por dificultades y no siempre pueden explicar su fe a quienes cuestionan su decisión de confiar en Dios, les dejo este pasaje. Sepan que ninguna de las dificultades que atravesamos, es en vano: «Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas, pues ya saben que la prueba de su fe produce constancia. Y la constancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada», Santiago 1:2-4.