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¿Puedes imaginar a Dios sorprendido por la capacidad del ser humano?, ¿qué pensarías si te aseguramos que el Creador puede estar fascinado con tu determinación? 

Muchos se imaginan a Dios como un viejito sentado en un trono inalcanzable, indiferente a las acciones del ser humano. Sin embargo, la Biblia nos habla de un Dios que manifiesta sus emociones, al que podemos sorprender gracias a nuestro ingenio y deseo de trabajar unidos. 

El asombro es esa maravillosa habilidad de reconocer que estamos frente a una obra que se sale de lo común, rompe con lo tradicional y puede conmover nuestro corazón hasta producir lágrimas. Si la Biblia dice que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios, ¿de donde proviene esa capacidad de asombrarnos?

Sin embargo, ¿quién puede sorprender a Dios, el que todo lo sabe? El siguiente pasaje de la Biblia te mostrará cómo y por qué Dios experimentó esa mezcla de sentimientos: entre la indignación, el asombro y la alegría, que vivió este padre que encontró a sus hijos haciendo una travesura. 

Dice la Biblia en Génesis 11 que todos en la tierra tenían “una sola lengua y unas mismas palabras”, entonces sus habitantes dijeron: “'Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. De ese modo nos haremos famosos y evitaremos ser dispersados por toda la tierra'”. ¿Qué estaban pensando? Quizá simplemente querían realizar una megaobra y sentirse realizados por lograr lo que se propusieron, así como estos niños soñaron con convertirse en los próximos Da Vinci y Miguel Ángel. 

El relato continúa diciendo que “el Señor bajó para observar la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo”. Dios está en todas partes y lo sabe todo, pero a estos constructores en potencia, ávidos por desarrollar su ingenio, los dejó solos por un rato para que inventaran el primer LEGO de la historia. 

Entonces Dios exclamó: “'¡Miren! La gente está unida, y todos hablan el mismo idioma. Después de esto, ¡nada de lo que se propongan hacer les será imposible!'”. Ellos nunca lo supieron, no se enteraron de la reacción de Dios, pero nosotros sí y Él quiere enseñarnos un par de cosas a través de eso. 

Para que cualquier proyecto que realizamos en equipo sea exitoso debemos hablar el mismo idioma. Y no se trata solo de usar la misma lengua para comunicarnos, sino de ponernos de acuerdo. 

Imaginemos por un momento a los habitantes de la tierra trabajando en construir una torre que llegara hasta el cielo. ¿Habrán estado de acuerdo en todo durante el proceso?, ¿no habrán querido algunos poner puertas en el lugar donde otros creían que era mejor tener ventanas?, ¿no habrán querido pintar la fachada del color favorito de cada uno?

Si hay algo difícil para los seres humanos es ponernos de acuerdo. Por eso reprendemos al espíritu de división hasta que le gastamos el nombre, pero no nos damos cuenta de que el problema no siempre es él, sino nuestro deseo de poner un sello personal, con letra roja y en negrilla, sobre todo lo que hacemos. 

Los hombres querían hacerse famosos, pero Dios conoce tan bien el corazón del ser humano que no se sorprendió con eso, sino con que superaran el individualismo y se unieran para trabajar juntos por un mismo sueño. Por eso, sin pensarlo tanto, nos dio una promesa maravillosa que Él cumple cada vez que nos comprometemos a estar unidos: “¡Nada de lo que se propongan hacer les será imposible!”, (NTV).