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¿Se relaciona en algo el evangelismo con la imagen de los que fuimos llamados a realizar la Gran Comisión? Para muchos el aspecto personal puede ser algo frívolo y sin importancia, sin embargo, la vida espiritual de una persona se refleja en todos los ámbitos y éste no es la excepción. ¿Cómo darle equilibrio para que la preocupación por la imagen no se vuelva la protagonista de nuestra existencia, pero tampoco caigamos en error de darle un rol secundario?

Es el momento de la imagen y para conquistar el mundo es necesario hablar el mismo lenguaje. Estamos en una era en la que los discursos son reemplazados por videos, boomerangs, fotos y todo tipo de lenguaje visual que mueve al planeta a través de la las redes sociales. 

Para vestirse siempre habrá una intención, una emoción y una postura respecto a la vida, que consciente o inconscientemente refleja lo que hay en el interior. Con poco o mucho en el closet, lo que cuenta es la manera en la que nuestra imagen puede reflejar a Dios y cómo empleamos nuestros recursos para lograrlo. 

Sin embargo, contrario a lo que muchos puedan creer, la imagen no lo es todo. Por esa creencia es que vemos otra postura, no menos discutible, en la que la preocupación por lo físico desplaza lo espiritual.

La Palabra de Dios nos habla acerca de la importancia de la presentación personal: «En cuanto a las mujeres, quiero que ellas se vistan decorosamente, con modestia y recato, sin peinados ostentosos, ni oro, ni perlas ni vestidos costosos[...]». 1 Timoteo 2:9. 

La perspectiva estética siempre tendrá el filtro del gusto, no obstante lo que se considera adecuado o no, así como lo que es bueno o malo no puede ser determinado por la moda del momento o por quienes nos rodean, sino por nuestra relación con Dios. 

Según su etimología, la palabra decoroso quiere decir «conveniente y bien adornado o lo que conviene y es de respeto en una situación». De entrada, esto plantea la importancia de vestirse adecuadamente según el contexto, no solo por generar un impacto positivo sino por respeto a los demás, a nosotros y a Dios.

Luego, el versículo habla de la modestia y el recato, un par de conceptos no tan comunes en estos tiempos en los que la ropa interior se volvió exterior y la exterior se quedó al interior del closet. Pero la falta de recato no solo tiene que ver con la ropa miniatura o las transparencias que parecen gozar de un microclima.

Entre los cristianos la falta de recato puede ser más sutil pero no menos inadecuada y aunque sería un atropello establecer qué se puede usar y qué no, cada uno sabe lo que es correcto. «Ustedes dicen: “Se me permite hacer cualquier cosa”, pero no todo les conviene. Dicen: “Se me permite hacer cualquier cosa”, pero no todo trae beneficio». 1 Corintios 10:23. 

Una de las causas por las que el encanto del recato se ha perdido y se considera algo aburrido es que aunque su objetivo es cuidar la imagen personal, se llegó a tergiversar hasta el punto de volverse desagradable, como si entre más feo fuera más decente. Pero la modestia y el recato no son sinónimo de verse mal. Más bien plantean la importancia de tener un equilibrio para evitar excesos.

Finalmente el versículo dice: «...sin peinados ostentosos, ni oro, ni perlas ni vestidos costosos». Este fragmento fue escrito por Pablo en una época en que las mujeres pasaban horas elaborando peinados con el fin de exhibirse públicamente, lo cual no está lejos de lo que vivimos hoy no solo en las calles sino en las iglesias, donde también se establecen estilos, modas, tendencias o formas de vestir que en ocasiones distraen de lo importante. 

A Dios le agrada la buena apariencia, de hecho, se necesita tener una buena imagen para llevar a cabo su obra y llegar a todo tipo de personas sin distinción alguna. Pero por encima de la buena imagen siempre estará Dios. De nada sirve pasar horas y gastar miles en la imagen si no hay nada que se pueda transmitir.