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Vergüenza: Turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante. Esto es lo que María Magdalena perdió por completo, como podemos ver en Juan 20:15. 

Era primer día de la semana, el tercero después de que ella, junto a otras mujeres, presenciaron la crucifixión de Jesús y su sepultura. Después de que los discípulos, Pedro y Juan, vieron el sepulcro vacío y se fueron llenos de dudas, ella permaneció allí un rato más.

Dice la Biblia que se quedó fuera de la tumba llorando y dos ángeles le preguntaron: «¿Por qué lloras? Ella respondió: “Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto”». (Juan 20:13). 

La Biblia no nos dice si María había escuchado de boca de los discípulos que Jesús iba a resucitar. Aparentemente no lo sabía, pues Juan 20:9 aclara que Pedro y Juan se retiraron de la tumba vacía «porque hasta ese momento aún no habían entendido las Escrituras que decían que Jesús tenía que resucitar de los muertos».

Pero lo que llama la atención es la forma en que María nombra a Jesús: «mi Señor». Recordemos, tres días atrás lo había visto ser humillado públicamente y morir desnudo en la cruz al lado de dos criminales. Sin embargo, ella se refiere a Él de la misma manera en que lo hacía cuando era seguido por miles y aclamado por multitudes. Para María Magdalena, vivo o muerto, Jesús siempre sería su Señor y eso nada ni nadie lo cambiaría. 

Entonces Jesús le preguntó: «¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el  jardinero, respondió: «Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo puso, y yo iré a buscarlo» (Juan 20:15).  ¡Pero María, ¿hablas en serio?!  

Imaginemos que realmente el cuerpo de Jesús había sido movido por alguna razón. Ella no sólo estaba dispuesta a ir a buscarlo sino a traerlo desde donde fuera. María Magdalena no le dijo a este «jardinero»: «Llamaré a sus discípulos para que lo busquen», o «Les diré a los hombres que corran a traerlo», ¡no! En sus palabras había un sentir de urgencia: «Dígame dónde lo puso y yo iré a buscarlo». 

¿Puedes imaginar a María por ahí, cargando el cuerpo de un hombre? María perdió la vergüenza y no le importó lo que pudiera pensar ese «jardinero» ni la gente que la viera llevando el cuerpo de Jesús de vuelta al sepulcro. Tampoco le preocupó el esfuerzo que tendría que hacer o el tiempo que le llevaría esa tarea. 

Por eso, yo quiero ser como María Magdalena. Deseo seguir buscando a Jesús aun cuando todo parezca perdido; deseo llamarlo Señor, aunque aparentemente no tenga razones para hacerlo; quiero confiar en él y en sus promesas aunque estas parezcan imposibles de cumplirse. 

Deseo buscar a Jesús por mí mismo sólo por el placer de hallarlo y de estar tan cerca de él como sea posible. Deseo buscarlo sin temor al qué dirán y esforzarme cuanto sea necesario por pasar un día más con él.