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Aparentar es difícil para todos, pero todos los hemos hecho; pretender ser lo que no somos, fingir un sentimiento, hacerles creer a otros que nos gustan ciertas cosas, todo con una sola motivación: impresionar para agradar a las personas y encajar en su círculo. Pero, ¿cómo dejar el hábito de ser falsos para ser realmente auténticos?

El primer problema es que confundimos la sinceridad con expresar nuestras opiniones sin reparo. Creemos que ser verdaderos es no tener filtro mental y repartir verdades (o por lo menos lo que creemos es la verdad) a diestra y siniestra. Es por eso que muchos, con el argumento de ser sinceros, nos ganamos el rencor de las personas. Lo peor es que seguimos fingiendo que no nos importa, porque somos honestos, ¡y qué! 

Ser auténticos no es ser imprudentes, es ser reales, mostrarnos como somos: defectos, virtudes, pasado, imperfecciones, sin temor de que otros conozcan el paquete completo. Lo triste es que el hábito de impresionar empieza por una de las relaciones más transparentes que deberíamos tener, nuestra relación con Dios. 

Estos son tres consejos para dejar de fingir, que te ayudarán a descubrir que no necesitas impresionar a Dios, y por ende, tampoco a las personas: 

No tenemos que fingir nada cuando adoramos. Este es el primer principio para ser reales: encontrar nuestra manera particular y única de adorar como dice Juan 4:23, 24: «Pero se acerca el tiempo —de hecho, ya ha llegado— cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. El Padre busca personas que lo adoren de esa manera. Pues Dios es Espíritu, por eso todos los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad»

A veces adoramos de cierta forma porque todos lo hacen o no adoramos porque nadie lo está haciendo, o peor aún, la adoración se vuelve un baile aprendido, en el que sabemos cuándo levantar las manos, aplaudir o saltar. 

Fuimos hechos para adorar, ese es el objetivo con el que fuimos creados, pero aunque sea el propósito para todos, no significa que todos debamos hacerlo de la misma manera. 

Nos liberamos del temor al hombre cuando levantamos los brazos en señal de rendición a Dios —aunque nadie más lo haga— y cuando nuestro corazón realmente está expresando su necesidad de él. La alabanza nos sana de ese síndrome, esa necesidad de impresionar, si lo hacemos pensando en Dios y no en nosotros o en la gente que nos ve. 

2. Oración sin pretensiones

¿Cuántas veces hemos querido descrestar a Dios con nuestras oraciones llenas de frases elaboradas y palabras rococudas? Si las pusiéramos por escrito, seguro ni nosotros las entenderíamos. En cuanto a la oración, menos es más. Tal vez por eso es tan interesante orar en un idioma que no es nuestra primera lengua; dado que no sabemos todas las palabras, no tenemos que adornar nuestra conversación con Dios y llenarla de términos rebuscados. 

Esto incluye ser transparentes con él, decir lo que pensamos, así sepamos que a él no le va a gustar. Preguntarle por qué y si es necesario, hasta discutir. Esta es la libertad que nos da una relación en la que hay confianza y en la que no hay temor de defraudar a la otra persona porque sabemos quién es el otro. 

3. Perdón sin temor 

Reconocer nuestras embarradas delante de Dios, ¡qué cosa más difícil! Pero si aprendemos a ser transparentes con Dios, que lo sabe todo, que es perfecto y no se equivoca, ¿por qué no lo haríamos con personas que son tan imperfectas como nosotros? 

Asumir los errores con humildad es pedir perdón a quienes afectamos con nuestras decisiones. Pero el terror a reconocer que nos equivocamos nos mantiene fingiendo que nada ha pasado o que la culpa es de otro. Aceptar la confrontación de Dios nos prepara para recibir la de los hombres sin temor a perder nuestra dignidad o a sentirnos menos que aquellos que nos corrigen o que conocen nuestras faltas. 

Después de negarlo tres veces, Jesús se encuentra con Pedro en la playa y le pregunta tres veces si lo ama. Tras haberle asegurado, antes de ser crucificado, que nunca lo negaría, Pedro le responde la tercera vez: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo». En otras palabras, Pedro estaba diciendo: «¿Para qué te quiero impresionar? Ya lo intenté una vez y no lo logré, pero a pesar de lo que hice, sabes que te amo». 

Si somos genuinos, auténticos, reales, honestos con Dios, su aceptación hacia nosotros nos llenará de confianza y podremos dejar de fingir por temor a que las personas nos rechacen. Es otra forma de entender lo que dice la Biblia en  Mateo 6:6: «Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y con la puerta cerrada ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público».